viernes, 9 de abril de 2010

 

Encontrar la tumba de

uno mismo sería

el final

 

 

Llegar a la tumba por una coincidencia sospechosa. Conocer a gente extraña, silenciosa. Con un uniforme como de trabajo fuerte o industrial, que en la espalda tenga como símbolo empresarial, una luna creciente, con los cuernos hacia la izquierda mirando una estrella.  Encontrarlos en la azotea de un edificio de solo puertas blancas, al que se llega siguiendo a una niñita que encontraste espiándote tras un árbol. No. Que viste sentada en el bus, mirando un gorro de lana tejida que sostenía frente a su cara. Curioso que fuera tan similar al que compraste ayer como regalo para tu Donna. La misma bola naranja colgando de la larga cola morada. La niñita, sabiendo que te has dado cuenta que es el mismo gorro, lo baja descubriendo su mirada fija en tus ojos. Sonríe rápidamente, el bus para, y sale corriendo a la estación. 

Saltas de tu silla a perseguirla sin saber porqué. A los cuatro pasos ya te da pavor alcanzarla, pero corres cada vez más rápido maniobrando entre hombros que se cierran. De la estación sales a la calle; desbocado entre semáforos y putas, estrellas el hombro de un limpiador de vidrios, explotando fugaz su olor de bazuco; un taxista quema sus llantas, pegado sobre su pito, justo a un instante de cogerte. Al frente va volando el gorro, con la bola de pelusa que salta entre el aire y el humo, entre los hombros y las esquinas. No quieres atraparlo, pero sabes que lo harás.

Saltas a la izquierda por la siguiente esquina a una calle desolada y fantasmal. Ni idea dónde estás, no conoces nada; en el cielo la luna mira a su izquierda la estrella demasiado afilada. Tiene los cuernos triangulares, como si estuvieran mal cortados. Al otro lado de la calle está ella, parada, jugando con la pelusa del gorro, balanceando la larga cola frente a su cuello. Juega con palmitas de gato. Te mira con mirada de gato blanco. Te mira más fuerte, y te rasguña la médula. Te tensas hacia atrás estrellando las muelas.

Respiras. Das un paso calmado hacia ella, otro más, otro más. Te detienes considerando que podrías saltar, pero ella ya corre dentro del edificio; alcanzas a ver la bola naranja perdiéndose tras el marco de la entrada. Al parpadeo estás en el interior, corriendo sobre la alfombra gris gruesa, como para tráfico fuerte, pero el edificio entero respira vaciado. Tus zapatos se han perdido en el camino, y la alfombra es extrañamente helada. Todo es neón y blancas puertas, casi que invisibles entre el blanco de las paredes. Ya no ves la niña, solo la bola asoma lejana volteando por cada esquina.

Subes por una escalera de caracol. Oyes el eco de sus risitas alargarse y rebotar por el nácar que recubre las paredes. Ríe tú también. Sí, hazlo. ¡Qué rías demonio!, y la alcanzarás. Ríe la risa de los dioses, la risa infinita, que se burla del si-mismo, que ansioso corre porque un gorro tejido de aire le magnetiza los pálpitos. La sangre solo corre porque esa bola naranja vuela al borde de la mano, que lo último que quiere es agarrarla. Marioneta de un anhelo ajenamente propio, deseas parar, pero tu cuerpo ya no sabe escuchar. Vas al viaje que amanece por la claraboya…

A pocos escalones de la claraboya y la salida a la azotea, agarras con la punta de los dedos la bola; recuperas con un furioso jalonazo el gorro. La niña esfuma. Miras el gorro y el vacío que dejó en frente. Subes la última escalera y cruzas la fulminante luz de la puerta. En la azotea están los uniformados  silenciosos. Trabajan en sus bolsillos con las capuchas cubriéndoles el rostro. Caminas entre ellos, cuando en el hombro sientes una mano firme que te congela el hueso. Te lleva a la cama que reluce rosácea de luna al alba. Te ponen la pijama de luto blanco, el gorro de lana que tus trémulas manos agarraban, y te acuestan. Voltean todos hacia ti y con las manos te dan el saludo de luna creciente.

Al cerrar los ojos estás en un cementerio en medio de un pardo desierto. Tu tumba posa entre millones de lápidas con epitafios dibujados por polvoroso viento. Te acuestas al frente, y la empiezas a bruñir lentamente con la mirada…

¿Bien? Simple. Ahora solo tienes que escrivibirlo, si lo haces bien el punto final te cerrará los ojos en mis ojos y verás tu lápida, incluso el epitafio… … ¡Deja ya de oprimir las teclas que no te voy a contar que he escrito en él! 


Diego Malaver

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