lunes, 12 de abril de 2010

Retornos

 I

 

 Un viejo

 

 

Una desvelada y fría madrugada, un viejo encontró en el espejo de su baño a un niño. Sobresaltado, por poco pierde el equilibrio, pero un bastón que nunca estuvo allí, le auxilió. El niño seguía observándole, con esa mirada curiosa y de alegría expectante que solo los niños pueden chispear. 

-¡Pero si soy yo!- Pronunció con emoción la seca lengua del viejo. Pero era como si las palabras las hubieran puesto en ella, ya que el viejo fue choqueado aún más por tal afirmación. El niño se lo confirmó con la mirada. Tardó unos instantes infinitos, pero al fin el viejo lo supo…

El niño estiró una mano, al tiempo que lo hizo su cansado y trémulo brazo, pero de nuevo, igual que con la lengua, el movimiento no fue suyo. Cuando se tocaron, el cuerpo del viejo no se derrumbó, simplemente se esfumó.  

Al otro día la muchacha que lo ayudaba lo encontró boca arriba en la cama. Su rostro tenía una increíble expresión de asombro, la boca ligeramente abierta, y los pliegues de los párpados hermosamente sonrientes. Pero más asombroso que sus facciones, era su mirada. Las cataratas de sus ojos se habían desvanecido, dejando atrapado entre las pupilas, el mismo fulgor emocionado que había tenido el niño en el espejo. 

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